
Era un almendro en flor o un cerezo. El cielo de plomo cubría los cerros del pueblo. Al fondo, el valle yermo espera la semilla que lo haga verde y frondoso. Creo que era un almendro. Al fondo, la gran dama blanca reposa en su lecho penibético. Es una ventana a mi patria, el lugar donde anidan los recuerdos de la infancia, donde todo podía suceder, hubiera ocurrido y no. Un hombre debe ser de su infancia, de hecho, es lo que queda de un niño. El verde no es casual. Sigo errando en esta tierra que a punto está de perder su nombre, perdida ya la memoria. Sólo nos quedan las arrugas del paísaje para recordar quienes somos, de dónde venimos, a dónde vamos. Yo siempre vuelvo a Andalucía. Y dentro de ella, a los paísajes que primero me hicieron volar, a mis primeros sueños, a mis primeras fragancias, a las moras frescas del río, a la majestuosidad de los olivos, los grandes testigos de nuestra historia. Y a las casas rojas, y blancas, a los geraníos, al azahar, al romero. Vuelvo siempre a la vida, después de vagar por los confines de mis recuerdos. Siempre vuelvo a Andalucía.